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El viaje empieza con una noticia que lo cambia todo.
El diagnóstico marca un antes y un después para el menor y para toda su familia.
Cruzar el mar se convierte en rutina.
Desplazamientos constantes para recibir tratamiento lejos de casa.
Aunque se queden en la isla, también empiezan su propio viaje.
Los hermanos viven el proceso desde la espera, la adaptación y el silencio.
El cáncer también mueve la vida laboral.
Conciliar tratamientos, cuidados y empleo se convierte en un reto diario.
Cada mes ajusta el presupuesto de todos.
Medicamentos, desplazamientos y estancias generan una carga económica extra.
Los abuelos se convierten en estación de apoyo.
Cuidan, sostienen y acompañan cuando más se necesita.
La amistad también se sube al tren, aunque sea desde lejos.
Mensajes, visitas y pequeños gestos que sostienen emocionalmente.
El hogar cambia cuando alguien falta.
La ausencia transforma rutinas, espacios y silencios.
Cuando un menor se va, en clase también se nota su viaje.
La escolarización se interrumpe y adaptarse no siempre es fácil.
El hospital se convierte en una segunda casa.
Habitaciones, pasillos y tratamientos forman parte del día a día.
Nadie debería recorrer este camino solo.
El apoyo psicológico y social es clave durante todo el proceso.
El viaje continúa, pero no se camina sin luz.
La esperanza, el apoyo y la solidaridad ayudan a seguir avanzando.
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